Cuando tu compañero de trabajo es un robot

La historia reciente del trabajo es la historia de la automatización. Poco a poco, el ser humano ha ido observando cómo su entorno laboral se ha llenado de nuevas tecnologías que le han facilitado el trabajo y han aumentado su productividad. Sin embargo, en alguna ocasión se ha interpretado erróneamente como un juego de suma cero, uno en el que los humanos pierden y la tecnología vence. Lo cierto es que podemos contextualizarlo: llevamos décadas sacando nuestro dinero de cajeros automáticos y bebiendo café de máquinas expendedoras. Estas tecnologías llevan con nosotros muchos años, mejorando nuestras vidas.

Aunque toda revolución a gran escala supone una oportunidad para mejorar la eficiencia en el trabajo, puede existir también un recelo al cambio. ¿Cómo superarlo? Una forma quizá sea reimaginando la convivencia entre nosotros, los seres humanos, y ellas, las nuevas tecnologías. El futuro del trabajo pasa por la suma de ambos para perfeccionarse. Pese a lo que pueda parecer, la sustitución de los trabajadores manuales por máquinas no es una opción. El paso natural será el de crear una colaboración en la que el ser humano se valga de la tecnología y no quede apartado por ella.

Las primeras pruebas que demuestran esta teoría surgen a finales de los años noventa, después de que el ajedrecista Garry Kasparov perdiera su segunda y célebre partida contra el ordenador Deep Blue, una inteligencia artificial repleta de millones de movimientos automatizados que ponía en jaque al cerebro humano. Tras el envite, el campeón ruso creó un proyecto bautizado “Ajedrez Centauro”. En él competirían tres tipos de equipos: los habría íntegramente humanos, los habría compuestos sólo por robots y, atención, los habría mixtos, una mezcla de Inteligencia Artificial y ajedrecistas humanos.

¿Resultado? Ganaron los mixtos.

No es tan sorprendente. Desde mediados de los sesenta hay teóricos que han hablado de la relación entre robots y humanos como una forma de “aumentar” las capacidades de ambos. Los algoritmos pueden realizar operaciones complejas, pero no tienen la visión estratégica de la mente humana ni sus múltiples inteligencias. La tónica en todos los sectores económicos no es la de eliminar el factor humano por un factor “bruto” tecnológico, sino su mezcla para disparar el talento de ambos.

La inteligencia artificial es importante porque reduce la subjetividad en la extracción y selección de datos, pero en ningún momento podrá sustituir a la interpretación humana”, explica Giorgio de Paola, ingeniero de yacimientos en Repsol.

“La inteligencia artificial es importante porque te quita subjetividad en la extracción y selección de datos, pero en ningún momento podrá sustituir a la interpretación humana”, explica Giorgio de Paola, ingeniero de yacimientos en Repsol. Por su trabajo, sabe de lo que habla. De Paola opera con abundantes recopilaciones de datos e información, extraída mediante recursos automatizados, para identificar nuevos pozos de extracción, cómo perforarlos y de qué modo hacerlo reduciendo el impacto medioambiental.

“La última palabra siempre será la de la persona. Es importante que le demos a las personas mejores datos y cantidades de datos mejor tratadas. Pero el ser humano tiene que ser parte integrante en este proceso de avance hacia la inteligencia artificial”. Para de Paola, la lectura de la información recopilada a través de tareas automatizadas, la elección de qué datos recopilar y la elección de la estrategia a largo plazo siempre recaerá sobre la mente humana: “Simbiosis sí, sustitución no”.

Giorgio de Paola, ingeniero de yacimientos.

Los problemas que tendrán que afrontar las empresas del mañana surgirán de ahí. De la adaptación del ser humano a la IA. Quizá sin llegar al extremo de “actualizar” nuestro cerebro, los entornos laborales sí requerirán de un nuevo tipo de trabajador humano, uno capaz de dirigir y explotar el infinito potencial del trabajo automatizado.

Para José Miguel Seoane, científico senior en biotecnología y tecnología de bajo carbono, el futuro del trabajo pasa por ahí. Seoane trabaja en un laboratorio en el que se evolucionan enzimas (catalizadores biológicos) para conseguir reacciones altamente específicas que dan lugar a biomoléculas con valor añadido como biocombustibles con mejores propiedades, por ejemplo: “Lo que nuestros robots consiguen es multiplicar por diez el trabajo que un humano puede hacer en una semana. Trabajos rutinarios, tediosos y programables”.

Este mismo grupo realiza también proyectos de aplicación del aprendizaje automático (o machine learning) en la clasificación de muestras de exploración basándose en el análisis del ADN de los microorganismos que contienen, lo que genera grandes volúmenes de datos. La IA ayuda a establecer la probabilidad de que una muestra sea positiva en hidrocarburos basándose en lo aprendido de todas las muestras analizadas anteriormente.

Marilyn y Jack

Los trabajadores del Laboratorio de Biología de Repsol tienen desde hace años unos compañeros peculiares. Marilyn y Jack son dos plataformas robóticas de alto rendimiento que aceleran los procesos de recopilación de información. Gracias a ellos, los científicos pueden dedicarse a tareas de investigación cualitativas, no cuantitativas: “Liberan tiempo para que las personas puedan centrarse en los análisis de los resultados. No sustituye a una persona porque el análisis de un humano siempre será más fino y controlado”. Una máquina puede hallar una correlación positiva, pero un científico tiene que entender por qué se ha dado tal correlación.

En ese contexto, hay quienes ya han probado a rizar el rizo de la automatización: crear equipos de humanos y robots… Coordinados por inteligencia artificial. Es el caso de fábricas como la de Siemens en Berkeley. Gracias al aprendizaje automático de los robots empleados y a su comunicación interna, la IA subdivide las tareas encomendadas en función de las capacidades y habilidades de humanos y robots. Es una “guía de uso” que reparte mejor las tareas y los roles para máquinas y trabajadores humanos.

El proceso puede ser más luminoso de lo que pensamos. Hay quien cree que la convivencia con la tecnología nos ayudará a descubrir el factor “humano” del trabajo: haremos las cosas que preferiremos hacer, no aquellas tareas que hacíamos por obligación. Al fin y al cabo, los trabajos más especializados jamás podrán ser reemplazados. “La máquina propone interpretaciones y soluciones, y el humano tiene que escoger entre la buena y la mala. Es un proceso de aprendizaje mutuo”, asegura de Paola. O lo que es lo mismo, una inteligencia “aumentada” para humanos y para robots.

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